miércoles, 14 de mayo de 2008

EL ARTE DE CALLAR....



Muchas veces basta una mirada.
Una mirada sostenida.
Los ojos sobre los ojos del otro.
Adivinar el significado de los brillos.
Leer el futuro inmediato más allá de la pupila.
Querés decir muchas cosas, pero aguanta las ganas.
Aprieta los labios.
Permite que las ideas circulen pero que se queden adentro.
Alarga el espacio entre las preguntas y las respuestas.
Deja que los músculos se dibujen en el rostro.
Espera una señal de alerta.
Fuerza la respiración.
Piensa que el otro piensa.
Analiza. Espera...
La economía de la palabra.
Una virtud que no es exclusiva de las monjas de clausura.
Un juego que practican los que saben hacerse los locos.
Los que entienden que no todos los interrogantes
merecen una frase.
Que la solución no siempre llega al abrir la boca.
¿Por qué decirlo todo?
¿Por qué no mantener en conserva una cuota
de lo que se piensa?
¿Por qué no convertir en secreto algunas de las ideas
que hacen su aparición sin previo aviso,
al menos con la ilusión de que el tiempo las madure
y las transforme en ideas duraderas?
¿Por qué no entender, de una vez, que la boca jamás
logrará ser tan rápida como el alma?
Y que no todo lo que se cruza por la mente
puede convertirse en palabras, ni lo merece...
Que también se puede hablar con un gesto.
Que el silencio a veces grita.
Se guarda silencio por pudor, por respeto, por dolor...
por el dolor que es incapaz de convertirse en llanto.
O cuando el llanto se agota y agota al que llora...
Habría que aprender a callar, sin otro motivo
que la propia voluntad.

Callar para mirar...
Callar para aprender...
Callar para callar...
Callar para convertir el silencio en un cómplice.
Para saber si el eco existe.
Callar, por que no todo lo que nos conviene escuchar
nos lo dicen al oído, con la intimidad de una confesión,
con el volumen de un grito,
ni con el acento de las grandes revelaciones.

“Callar...
para comprender que el silencio
es el antifaz de los sonidos más hermosos”

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